domingo, 28 de julio de 2019

La Muerte


Y de pronto,  me vi llena de todo aquello
por lo que una vez viví,
y me cayó encima el vacío.
La ausencia.
El irse.
El ya nunca más.

Durante mucho tiempo creí que el yo, era el cuerpo. Quizá alguna vez llegue a  pensar que era la mente. Pero fue a la hora de la primera muerte temprana,  cuando  descubrí que las riendas de la vida las lleva el alma. Tuve que pasar por muchas cosas para entender que cuando está determinado que el alma parta, nada puede hacer el cuerpo para cambiarlo, nada que la mente piense evitará la decisión del alma.
Es ese momento supremo, cuando entiendes  que la existencia es un acto, un cuerpo una ruta, un siglo un día y la muerte es un aire renovador  de lo que fue una vida.  Quizás para la ciencia sea un fracaso, para los seres queridos, una pérdida, pero, eso que llamamos muerte, es para el alma, un soplo de libertad, un alivio al dolor… otro plano, un nuevo tránsito, una  forma de vida.
En el letargo, de ese momento que llamamos  la muerte, es cuando el espíritu comienza a  caminar en libertad, y todo cobra sentido.  En ese sublime instante, se vive la sorpresa de ver el paisaje del cielo y el infierno  que edificó nuestra conciencia,  y desde allí decidir, si nos estacionamos a purgar nuestras penas o nos sumergimos en el oscuro abismo de esa otra etapa del existir,  que solo se asoma un  instante,  para recordarnos que el plano terrenal, solo fue un taller sagrado, adonde  fuimos enviados para crear y evolucionar. Ojala, también nos enseñaran a no menospreciara el don divino de la vida, y el precio del terrible engaño al que nos sometemos  en el tránsito de este existir, donde amar es tan importante.
Abandonar el plano terrenal,  es conectarse con lo impalpable y con lo sutil de  ésta y de todas las formas de vida.  Es ver  la Luz convertida en Dios,  en medio del caos y la oscuridad,  es cambiar la verdad de la vida, y   exponerse a lo desconocido. En un saltar sin miedo los abismos, es establecer una cordial relación,  con toda esa oscuridad que sobreviene al escuchar al instinto hablar  muy bajo al oído,  diciendo, calma… esto es solo una ilusión.  En la entelequia del sueño profundo, sólo te aprehendes a esa Luz que adormece los sentidos y te cautiva, pero, sabes bien, que puedes llegar al borde y volar sin miedo, porque la divina esencia del Creador estará allí  lista para revelarse, cuidar de ti y  ayudarte a juntar las  piezas  y estructuras de su creación.
Por eso, hoy, consciente de lo vivido y de lo que vivo, antes de que llegue  mi último nuevo día, asumo el compromiso de examinar mi pasado antiguo y trasformar todo lo negativo que haya en él, me comprometo a perdonar todo aquello que torció mi destino, tengo la disposición de valorar cada día que me corresponde vivir y aceptar toda la enseñanza que trae en el momento presente que debo  estar.
Ante esto, el concepto terrenal  de la eternidad no me hace sufrir, porque, en una dura batalla aprendí  que a  todos nos llegara el momento de volver a empezar, desde  un nuevo estado de conciencia.
Y, agradezco al creador, esta nueva oportunidad,  el regalo,  de cada amanecer donde me hace descubrir las  respuestas en las que me perdí,  y no tomé las decisiones que mi destino merecía.
Hoy, puedo asegurar, que nada ahora es como antes, porque entendí que la muerte, no es el final. Es el inicio de otra etapa, que debemos emprender sin miedo, sin  temores. La muerte, es solo, otro plano, en donde también vamos a aprender.  
Y hasta que el tiempo alcance, estoy dispuesta a Vivir la Vida de mis nuevos  sueños, cada día a cada hora, a cada momento.
Soy Luz en la  tierra, porque aprendí a caminar  de la mano de Dios.

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