Y de pronto, me vi llena de todo aquello
por lo que una vez viví,
y me cayó encima el vacío.
La ausencia.
El irse.
El ya nunca más.
Durante mucho
tiempo creí que el yo, era el cuerpo. Quizá alguna vez llegue a pensar que era la mente. Pero fue a la hora
de la primera muerte temprana, cuando descubrí que las riendas de la vida las lleva
el alma. Tuve que pasar por muchas cosas para entender que cuando está
determinado que el alma parta, nada puede hacer el cuerpo para cambiarlo, nada
que la mente piense evitará la decisión del alma.
Es ese momento supremo, cuando entiendes que la existencia es un acto, un cuerpo una
ruta, un siglo un día y la muerte es un aire renovador de lo que fue una vida. Quizás
para la ciencia sea un fracaso, para los seres queridos, una pérdida, pero, eso
que llamamos muerte, es para el alma, un soplo de libertad, un alivio al dolor…
otro plano, un nuevo tránsito, una forma
de vida.
En el letargo, de ese momento que llamamos la muerte, es cuando el espíritu comienza
a caminar en libertad, y todo cobra
sentido. En ese sublime instante, se
vive la sorpresa de ver el paisaje del cielo y el infierno que edificó nuestra conciencia, y desde allí decidir, si nos estacionamos a
purgar nuestras penas o nos sumergimos en el oscuro abismo de esa otra etapa del
existir, que solo se asoma un instante, para recordarnos que el plano terrenal, solo
fue un taller sagrado, adonde fuimos
enviados para crear y evolucionar. Ojala, también nos enseñaran a no menospreciara
el don divino de la vida, y el precio del terrible engaño al que nos sometemos en el tránsito de este existir, donde amar es
tan importante.
Abandonar el plano terrenal, es conectarse
con lo impalpable y con lo sutil de ésta
y de todas las formas de vida. Es
ver la Luz convertida en Dios, en medio del caos y la oscuridad, es cambiar la verdad de la vida, y exponerse a lo desconocido. En un saltar sin miedo los
abismos, es establecer una cordial relación, con toda esa oscuridad que sobreviene al
escuchar al instinto hablar muy bajo al
oído, diciendo, calma… esto es solo una
ilusión. En la entelequia del sueño
profundo, sólo te aprehendes a esa Luz que adormece los sentidos y te cautiva,
pero, sabes bien, que puedes llegar al borde y volar sin miedo, porque la
divina esencia del Creador estará allí lista
para revelarse, cuidar de ti y ayudarte
a juntar las piezas y estructuras de su creación.
Por eso, hoy, consciente de lo vivido y de lo que vivo, antes de que llegue mi último nuevo día, asumo el compromiso de
examinar mi pasado antiguo y trasformar todo lo negativo que haya en él, me
comprometo a perdonar todo aquello que torció mi destino, tengo la disposición
de valorar cada día que me corresponde vivir y aceptar toda la enseñanza que
trae en el
momento presente que debo estar.
Ante esto, el concepto terrenal de la eternidad no me hace sufrir, porque, en
una dura batalla aprendí que a todos nos llegara el momento de volver a empezar,
desde un nuevo estado de conciencia.
Y, agradezco al creador, esta nueva oportunidad, el regalo,
de cada amanecer donde me hace descubrir las respuestas en las que me perdí, y no tomé las decisiones que mi destino
merecía.
Hoy, puedo asegurar, que nada ahora es como antes, porque entendí que la
muerte, no es el final. Es el inicio de otra etapa, que debemos emprender sin miedo,
sin temores. La muerte, es solo, otro
plano, en donde también vamos a aprender.
Y hasta que el
tiempo alcance, estoy dispuesta a Vivir la Vida de mis nuevos sueños, cada día a cada hora, a cada momento.
Soy Luz en la tierra, porque aprendí a caminar de la mano de Dios.
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